Hace treinta años yo tenía tres. Todas las mañanas jugaba con plastilina y escuchaba cuentos en el jardín de infancia, una sala que recuerdo inmensa, toda de madera con una gigantesca pizarra llena de letras. Corría y saltaba por un patio de tierra cuando nos dejaban salir a jugar. Tengo un recuerdo muy vívido de cada mañana: tras comer un almuercito que llevaba en un estuche rojo grande, salía a ese patio de la mano de dos niños tan pequeños como yo. Una se llamaba Cristina; siempre sonreía, de pelo largo y rizado, con un vestido rojo de lunares blancos. Del otro amigo no recuerdo el nombre, pero sí que era el más pequeño de los tres, de una fragilidad rara y entrañable. Siempre tropezaba, así que Cristina y yo lo cogíamos con nuestras diminutas manos y lo ayudábamos a levantarse. Lloraba, pero se le pasaba enseguida. Movíamos unas piedras pequeñas que representaban coches y monstruos. Cristina hacía muecas y nos partíamos de risa. Recuerdo su cara de felicidad al tener un público tan abnegado. Nos portábamos muy bien, no recuerdo que nunca nos riñeran. No sé donde estarán, a veces pienso en ellos. Igual que yo, hace treinta años tenían tres. ¿Alguno de ellos nos recordará? Hace tanto tiempo y éramos tan pequeños que a veces he llegado a pensar que fue una amistad soñada. De ser así serían amigos imaginarios. Luego recuerdo al niño frágil diciendo «soy un avión» o algo parecido y las muecas de Cristina y tengo la seguridad de que existieron, si bien no puedo estar seguro de que me recuerden. Son mis amigos no imaginarios, que existieron en un pasado tan remoto que parece un cuento.
Autor: avecesolvidocosas
Metalenguaje
Al escribir dejamos espacios
entre las palabras, donde caben
ríos y montañas, caben conversaciones
más amplias que el propio texto.
Hay espacios entre las letras de una misma palabra.
Pequeños y extensos, llenos de matices
que el escritor no quiere que leas.
De modo que te entretiene con los ríos y las montañas,
bosques y caminos.
Las conexiones mágicas de las letras callan,
esperan que no te des cuenta de lo sucedido.
Es un banco de niebla silencioso. Hace trampas.
En esos espacios viven escenas
que parecen inventadas.
Sucedieron como cualquier día sigue a otro.
Suceden como cualquier vida.
Viaje a través del tiempo
Viaje a través del tiempo
en círculos.
La maleta es vieja y nueva.
A cada giro
desplaza el mundo.
Pone boca abajo la naturaleza,
y en otra vuelta al sol,
un recuerdo, que puede ser una madrugada
(de hace muchos años)
o una frase de alguien que murió
pero que la maleta recuerda.
Sucede otra vuelta,
(ahora el recuerdo es un paseo por el parque)
o una columna en una ciudad extraña.
La maleta gira, sobre sí misma, como un planeta.
De repente una noche,
ahora una mañana.
Un apretón de manos, una música,
una tarde de no hacer nada.
Hoy vive escondida
en el hueco de una escalera.
Viaja a través del tiempo.
¿Y de ella quién se acuerda?
Horas de sueño
Pasarán tus manos entre los relojes,
volarán suaves sin recuerdos.
Todo será nuevo, recién encontrado.
Cada persona en el mundo dormida.
Pasarán tus pies entre los árboles,
detenidos en detalles que solo tú puedes ver.
Volará tu mirada
entre la lluvia, la mañana,
la niebla, el mar.
No lo veré. No hay nadie cerca de mí.
Cada persona en el mundo dormida.
Palabra y tarea
Eras casi de papel. Casi de piedra.
Eras huellas dactilares, sonrisa con forma de palabra o de tarea.
En orden cronológico, en sucesión confusa, eras.
Caminabas con prisa y tus pasos
eran recorrido de imágenes e ideas.
Te recuerdo a veces,
durante un instante eres
como un poema.
Casas encantadas
No te deseo ser como yo.
Tengo tendencia a perder a mis personas favoritas.
Sólo tengo sentido de la orientación metafórica
y escribo lo que no puedo decir en voz alta.
Olvido. Luego recuerdo durante poco tiempo.
Me hacen feliz cosas pequeñas, casi nimias. Me pierdo en las cosas importantes.
Me dan miedo mi infancia y la gente que grita.
A veces permanezco fuera de la realidad durante horas. A veces durante años.
Colecciono libros y los leo.
Una vez encontré un muñequito en la calle.
Era idéntico a uno que me regaló mi madre cuando era pequeño. (Uno que había perdido hacía mucho).
A veces pienso antes de hablar. No me ha servido de nada.
Doy vueltas y revueltas
y tengo todos los calcetines desparejados.
Por lo demás, doy buena conversación con una cerveza delante
y hoy he ido al cine.
No me parezco a nadie.
No seas como yo, pero si lo fueras
te encantarán los libros acerca de casas encantadas.
Otro capítulo
Esta noche es dolor encerrado en otro capítulo
de formas grotescas. Tan familiar que podría saludarlo por su nombre.
Preguntar qué tal le ha ido el día, si tiene algo que contar que se merezca dos o tres instantes nocturnos.
Esta noche y otras que tienen que venir. Dolor encerrado en otro capítulo,
que no permite leer, hablar, pensar en voz alta.
Y tengo que tocar mis hombros y bajar la cabeza como si se tratara de una reprimenda
de alguien que no conozco,
al que he ofendido
y no alcanzo a ver.
Vestido de novia
Pierre Lemaitre es el tipo de autor que consigue, con una economía de medios envidiable, despertar en el lector la ansiedad de averiguar qué va a suceder con los miserables (en su mayor parte) seres humanos que pueblan sus páginas. Capaz de hacer que el lector comprenda las motivaciones de sus personajes con dos pinceladas de su pasado y algunas manías de su presente, estos no están más torturados que la mayoría de personas que conoces, pero quizás han tenido una sucesión de malos días superior a las peores rachas, llevándolos al fascinante mundo de la locura homicida (literaria).

Sophie deberá iniciar una huida constante, siempre preocupada por ser descubierta haciendo la compra, en un café, o cogiendo un tren hacia su próximo refugio.
A Vestido de novia se le pueden otorgar tantas etiquetas que, por exceso, entra en un género inclasificable: policíaca, de suspense, de exploración psicológica, contemporánea y varias más que la describirían solo en parte. No hay etiqueta que la abarque toda. La pobre protagonista, Sophie, que despierta en escenas del crimen con gente estrangulada, apuñalada y reducida a su mínima expresión, vive en busca y captura, cambiando de identidad de ciudad en ciudad de su Francia natal, sabedora de que los muertos que va dejando atrás no puede haberlos ocasionado sino ella, aunque no pueda recordar ninguna escena. Sophie se ve obligada a sobrevivir en una huida imposible de prolongar durante mucho tiempo, con toda la policía francesa detrás de ella, vigilando cada aeropuerto y estación de tren. Incapaz de controlar sus estados de fuga en los que aparentemente mata a aquellos que se le acercan y confían en ella, vive procurando aislarse de todo el mundo en su huida frenética, al mismo tiempo que debe conseguir suficientes medios materiales para no morirse de hambre.

Este señor ha decidido escribir acerca de muchas cosas que me obsesionan.
Algunos críticos han dicho de esta novela que tiene un inicio demoledor, pero que cae en un terreno muy inverosímil conforme se va desarrollando la trama hasta la última parte. No puedo estar más en desacuerdo. Acostumbrado a las novelas policíacas de nuevo cuño, donde la trama gira y gira en un vendaval de relaciones imposibles entre montones de personajes poco creíbles, para intentar sorprender al lector con un desenlace que no se haya hecho nunca, Lemaitre se dedica a darle puñetazos al género con apenas tres o cuatro personajes, un estilo literario sin florituras, con la palabra justa en el momento adecuado. Los desdichados protagonistas de este infierno son creíbles, sus obsesiones, su modo de sobrevivir contra todo pronóstico, sus motivaciones, ingenios, locuras y venganzas son creíbles. No es fácil conseguirlo en una novela que deja tantos cadáveres a sus espaldas, construida mediante personajes normales llevados hasta el máximo nivel de enajenación que una mente humana puede soportar hasta quebrarse.
Vestido de novia fue la segunda novela de Lemaitre, la que le hizo famoso en su país. Después vinieron, junto a otras, las cuatro novelas que forman la saga del comisario Verhoeven, una maravilla policíaca que me llevó a recordar los momentos, hace diez años, en que me sumergía en las páginas del inspector Wallander, y eso es mucho decir. Mientras Lemaitre no continúe los casos de Verhoeven (y espero con ansia que se decida hacerlo) nos quedan sus novelas sueltas, como este Vestido de novia con el que podríamos llegar a llevarnos el susto de identificarnos con alguno de sus personajes.
«Solo un enemigo: el tiempo»
Hace varios años compré en un mercadillo de segunda mano la novela que aparece en la imagen superior. Lo único que conocía de ella era haberla visto referenciada a menudo en las antologías de ciencia ficción como una de las más relevantes del siglo XX, querida por lectores y críticos, premiada y admirada por varios autores a los que, a su vez, admiro yo, así que se vino a casa conmigo. No leí la sinopsis de la contraportada. Me esperaba una historia a la vieja usanza, a juzgar por la portada: naves espaciales, monstruos extraños de más allá de las nubes de Oort, viajes interplanetarios… No encontré nada de eso. Durante varios días conviví con una tribu de homínidos en el África de hace dos millones de años. Una novela de ciencia ficción… En el pleistoceno. Años después de su lectura, sus imágenes continúan vívidas en mi mente. Especialmente el emocionante final, del que nada diré.

Reeditada una y otra vez, sigue figurando entre los catálogos de obras muy valoradas por editores y autores de CF.
Fue divertido comprobar cómo una vez más las editoriales de ciencia ficción españolas me la habían vuelto a colar. La portada está hecha por alguien que no ha leído la novela ni ha hecho el más mínimo esfuerzo por conocer de qué va la misma, poniendo una imagen con varios clichés interestelares del género. No importa: Acervo, la Factoría, Ultramar y otras lo han hecho en muchas ocasiones, y se les perdona una y otra vez por haber editado tanto y tan bueno durante décadas. Ahora la parte controvertida: cualquiera diría que «Solo un enemigo: el tiempo» (el título en castellano es un poco raro, en inglés suena tan estupendamente bien como «No enemy but time») no es una novela de ciencia ficción. Desde luego, no lo parece.
En una época posterior a la guerra fría, que bien podría ser la nuestra, un aventurero huérfano y en la búsqueda de dar sentido a su vida viaja en el tiempo millones de años para convivir con una tribu de homínidos del pleistoceno, estudiarlos y aprender todo lo posible de ellos, para así traer un conocimiento antropológico de valor incalculable para los estudiosos de su época. La máquina da visos de no funcionar ni permitir un regreso al tiempo del protagonista, con lo cual deberá quedarse definitivamente con los homínidos que encuentre… o ingeniárselas para volver. Este viaje en el tiempo es la única característica de ciencia ficción encontrable en la novela. No hay más. ¿Es ciencia ficción? Durante la lectura me daba la impresión de estar ante un título metido en el género con calzador (cosa que da igual por lo mucho que se disfruta. Si escoges una novela policíaca y luego resulta ser de aventuras pero es estupenda ¿Qué más da?), aunque eso dependería de qué entendemos por ciencia ficción. Si pensamos en la definición más famosa, la de Asimov, no sabría que contestar. Dice el buen doctor: «La ciencia ficción es una rama de la literatura que trata de las reacciones de los seres humanos a los cambios en la ciencia y la tecnología». Es algo difícil considerarla así. Ahora bien, mi definición favorita es la de Norman Spinrad: «Ciencia ficción es lo que se publica en las revistas de ciencia ficción». ¡Así sí!

El paisaje prehistórico, un territorio muy inusual para la novela de ciencia ficción.
La consideremos o no, esta novela ofrece un retrato humano conmovedor, lleno de dignidad sin pasarse en lirismos ni arredrarse en la descripción de la durísima vida en el África de hace millones de años. La acción se alterna con capítulos que se turnan: unos desde el nacimiento del protagonista, etapa tras etapa de su vida hasta que realiza el viaje y otros de sus aventuras en el pasado remoto. Aunque los más interesantes son los de la supervivencia con los homínidos en un mundo completamente hostil, aquellos que hablan de la vida del protagonista hasta convertirse en el hombre que es son ágiles y amenos, y se terminan en un suspiro para volver a sumergirnos en las peripecias del pasado. Las descripciones de los episodios con terribles tormentas, cacerías, enfermedades, etcétera, de los más antiguos antepasados de la humanidad junto a este aventurero que hace lo que puede para sobrevivir son de una belleza indiscutible y rara de ver en el género. El autor intentó, al parecer, trascender la opinión que a finales del siglo XX todavía se tenía de la ciencia ficción como literatura infantil y juvenil, aspirando a escribir gran literatura. No sé si consiguió enteramente su propósito, pero el intento es maravilloso.

Paradojas temporales y tecnologías místicas y sorprendentes al mismo tiempo.
Resulta imposible no coger cariño a los homínidos que pululan por sus páginas, mucho más que a los humanos que aparecen en los capítulos dedicados al presente. Con sus breves vidas llenas de sentimientos más profundos que los de los modernos científicos y militares que rodean al protagonista durante sus años de formación, me conmovieron. Me encantó el viaje, estar con ellos durante toda la aventura.
Dije más arriba que nada diría acerca del final. Solo una cosa: las imágenes de las dos últimas páginas todavía vienen a mi mente de vez en cuando. Sin previo aviso, aparecen y me dejan pensativo unos instantes, muchos años después de su lectura, cosa que no consigue la mayoría de novelas que he leído en los años posteriores. Si eso no es gran literatura, qué lo será.
El balance adecuado
Durante el transcurso de mi vida
he leído muchos libros.
He encontrado algunos sitios.
He querido a pocas personas.
No es el balance adecuado pero he de volver a nacer.