Buñuelos de viento

Esta mañana entro en una cafetería, justo cuando la lluvia comienza a arreciar. Pido un café con leche y unas tostadas y leo tranquilamente mientras aguardo el desayuno. Un matrimonio de personas muy mayores ocupan la mesa de al lado. Están terminando sus cafés y escuchando el ruido de la lluvia. A la señora se le ilumina el rostro y pronuncia en voz alta «¡Buñuelos!», tras lo cual se dirige al mostrador corriendo. 

Vuelve con únicamente un par de buñuelos en una bolsita. Le da uno a su marido y comienza ella a mordisquear el suyo, con aire de culpabilidad. Su marido, vencido por la curiosidad, tiene que preguntar:

– ¿Por qué solo dos buñuelos?- Este señor tendrá unos setenta años. Suena como un niño de cuatro.

– ¡Sesenta céntimos por cada buñuelo! ¡No se van a hacer ricos a mi costa!

El anciano deja el último pedacito en el plato. Limpia sus gafas con un papel que saca del bolsillo de la chaqueta. Justo antes de retomar el último bocado, su mujer le dice:

– Saboréalo, que no voy a comprar más.

Se come el último trozo y suspira «Ay…».

Luego seguimos oyendo la lluvia.

Amigos no imaginarios

Hace treinta años yo tenía tres. Todas las mañanas jugaba con plastilina y escuchaba cuentos en el jardín de infancia, una sala que recuerdo inmensa, toda de madera con una gigantesca pizarra llena de letras. Corría y saltaba por un patio de tierra cuando nos dejaban salir a jugar. Tengo un recuerdo muy vívido de cada mañana: tras comer un almuercito que llevaba en un estuche rojo grande, salía a ese patio de la mano de dos niños tan pequeños como yo. Una se llamaba Cristina; siempre sonreía, de pelo largo y rizado, con un vestido rojo de lunares blancos. Del otro amigo no recuerdo el nombre, pero sí que era el más pequeño de los tres, de una fragilidad rara y entrañable. Siempre tropezaba, así que Cristina y yo lo cogíamos con nuestras diminutas manos y lo ayudábamos a levantarse. Lloraba, pero se le pasaba enseguida. Movíamos unas piedras pequeñas que representaban coches y monstruos. Cristina hacía muecas y nos partíamos de risa. Recuerdo su cara de felicidad al tener un público tan abnegado. Nos portábamos muy bien, no recuerdo que nunca nos riñeran. No sé donde estarán, a veces pienso en ellos. Igual que yo, hace treinta años tenían tres. ¿Alguno de ellos nos recordará? Hace tanto tiempo y éramos tan pequeños que a veces he llegado a pensar que fue una amistad soñada. De ser así serían amigos imaginarios. Luego recuerdo al niño frágil diciendo “soy un avión” o algo parecido y las muecas de Cristina y tengo la seguridad de que existieron, si bien no puedo estar seguro de que me recuerden. Son mis amigos no imaginarios, que existieron en un pasado tan remoto que parece un cuento.

Madrugada de diciembre

Conforme escribo esto escucho a una mujer mayor llorando en el piso de arriba. Lleva más de media hora y por la experiencia de pasados días, pasará la medianoche, llegará la 1 o 2 de la madrugada y seguirá llorando. Nunca he escuchado signos de violencia, tampoco gritos, como mucho alguna discusión y parece más bien el intento hosco de alguien de su familia para pedirle que se calle. Es una sucesión continua de llanto, frases que no puedo entender, dichas más para sí misma que para otra persona, y vuelta de nuevo a llorar, desconsolada, de una forma tan lastimera, por la insistencia y el tono de los lamentos que me dan ganas de llorar a mí también, de tanto escuchar a esta pobre mujer. No sé lo que le pasa, sé que en su domicilio violencia física o estruendos no hay, ya los hubiera escuchado, ni discusiones fuertes… Solo ella llorando noche tras noche.

Hace unos días escuché que lloraba. Al cabo de un rato vi una peli en el ordenador. Cuando terminó, me di cuenta al poco tiempo de que la mujer seguía llorando. Había estado durante toda la duración de la película profiriendo esas frases que dice cada dos por tres, una tras otra, seguidas de accesos de llanto.

Al parecer llega un momento en que el agotamiento hace que pare o se duerma. A mí no me genera una molestia, me la generaría si fuera un ruido mecánico de algún aparato electrónico cuyo sonido atravesara mis paredes, pero escuchar a esta señora llorar de esa forma lo único que me genera es una lástima infinita.