Niños

Toda la vida me ha dado vergüenza contestar a la pregunta: “¿Y tú no vas a tener hijos?”. Cuando te vienen con esto, siempre a bocajarro, nace desde la absoluta confianza por parte del que pregunta de que vas a responder que estás esperando a la persona perfecta, que aún no has ahorrado lo suficiente para sentirte seguro, que en cuanto cumplas un determinado objetivo laboral tu pareja y tú no tardaréis en tener un hijo. Cualquier otra respuesta implica que la pregunta singular se multiplique en tres o cuatro preguntas adicionales, a cual más indiscreta o dañina.

Ya no me da vergüenza la respuesta, y es que a una determinada edad uno se cansa de echar balones fuera o contestar como se supone que debes. No me hace la más mínima ilusión tener hijos. Esto no fue siempre así, pero ya murió ese sentimiento. No quiero lanzar a esta existencia contaminada de avaricia y pesadumbre a otra pobre alma, dedicar dos décadas a sufrir y tratar por todos los medios que no tenga una infancia tan desgraciada como la mía, que no lo destrocen en la escuela y sea capaz de obtener un trabajo que le permita algo de dignidad y tranquilidad. No quiero ir a dormir todas las noches deseando que consiga lo máximo a lo que la mayoría podemos aspirar: ser felices con pequeñas cosas, con momentos muy fugaces que casi parece que no hayan existido según han pasado, o que no eran para tanto. Sobre todo, no vivir con el miedo de contagiar la tristeza o la soledad a ese ser querido que no existe y que prefiero que no vea cómo son los seres humanos.

Quizá no quiero que nadie vea las cosas que se están muriendo dentro de mí, y que hacen que me despierte tantas veces por la noche pensando: ¿Dónde estoy? Casi siempre pienso que estoy en otro lugar, que soy otra persona y que sueño algo que en realidad no existe.

Últimamente cuando me han hecho esta pregunta y he respondido que no me hace la más mínima ilusión tener hijos, la gente ha dejado de hacer la retahila de preguntas que seguían a mi sentimiento, y creo que es por la expresión que acompaña a mis palabras, más que por la frase en sí misma. Alguien se atrevió a preguntar: “¿Y no vas a estar muy solo?”. Un sencillo “sí” terminó la conversación.

A oscuras

Hace unos días encontré en youtube la sintonía de “Cineclub”, o quizá se trataba de “Sesión de noche”. Me refiero a una cabecera de un programa de cine que se emitía en horario nocturno cuando yo era pequeño. No ha sido un hallazgo casual. Durante las últimas semanas me he despertado muchas mañanas con la sintonía sonando nítida en mi mente. He tardado bastante en ir a buscarla: hacía más de 25 años que no la escuchaba y sabía que hacerlo removería algunas cosas muy enterradas.

Cuando era pequeño mi padre solía gritarme. Esta era la forma de humillación más rápida, sencilla y parece que satisfactoria de su catálogo. De cuando en cuando también me pegaba o simplemente me miraba de manera amenazante; él sabía que no necesitaba más para lograr que el niño temblara. No obstante, su castigo favorito era mandarme a mi cuarto, obligándome a permanecer allí con la puerta y la única ventana del lugar cerradas, prohibiéndome dormir y (aquí se presenta la crueldad) permaneciendo allí con la luz apagada. Se molestaba en comprobar que la habitación iba a quedar completamente a oscuras tras cerrar la puerta. Ni una rendija de luz, es decir, no podría ver mi mano aunque la mantuviera delante de mi cara. El castigo no había sido elegido al azar: le tenía pánico a la oscuridad y él lo sabía.

Durante aquellos años utilicé varios trucos: tenía una linterna escondida, pero no siempre me acordé de guardar pilas de repuesto. Procuraba abrir una finísima rendija cuando él estaba repantigado viendo el fútbol, cerrando en silencio justo cuando escuchaba los crujidos de los muelles del sofá. También tenía un álbum de cromos con unos cuantos cromos pegados que brillaban en la oscuridad, los más raros, que me daban algo de luz y tranquilidad. Creo que era el álbum de “Los cazafantasmas”. En fin, los trucos eran trucos y no me valían de mucho. La reprimenda por ser descubierto era tremenda, así que muchas veces no los empleaba aun disponiendo de ellos.

Una noche escuché la sintonía de esa “Sesión de noche”. Me hizo sentir alegre, a pesar de que había llorado y me sentía desgraciado apenas hacía un momento. Desde entonces, cada vez que estaba encerrado a oscuras esperaba con paciencia a que sonara la sintonía. Al escucharla sentía que las cosas algún día estarían bien. Muchas noches nadie sintonizaba el canal en casa y no llegaba a escucharla, pero solo la espera me tranquilizaba. También me fui haciendo más mayor, y  supongo que acabé acostumbrándome a la oscuridad, pero sin duda me ayudó.

Quizá porque pienso que las cosas están mejor, a mis 34 años, y que aún lo estarán más, me he despertado escuchando en mi cabeza la música. La busqué, y ahora la escucho todos los días antes de ir a trabajar.

Hace más de 5 años que no veo a mi padre ni hablo con él. Al niño al que encerraban a oscuras por el puro placer de la tortura psicológica, en el que descargaban las frustraciones del día a día, le queda un derecho: negar de adulto la presencia, la comunicación, el mero reconocimiento de la existencia de aquel que le torturaba. Mi padre, me consta por terceros, no tiene amigos, familia que hable con él, paz ni, posiblemente, siquiera futuro. Está solo. Yo no lo estoy, ahora tengo más luz de la que me era privada de pequeño por él. A mi padre nadie le prohíbe encender las bombillas o abrir las ventanas. Puede abrirlas de par en par si lo desea, pero su vida va a seguir a oscuras.

La sintonía: https://youtu.be/tEls_W3NMjo

 

Algunos niños, tres perros y más cosas

Desde hace poco trabajo como profe de secundaria. Uno de mis cometidos dentro del departamento de lengua castellana y literatura es el de pasar un par de horas de la semana ejerciendo de bibliotecario (otra profesión con la que me habría encantado vivir), realizando los préstamos y devoluciones de los alumnos y cuidando que los que están estudiando no sean molestados por aquellos que vienen a pasar el rato entre clase y clase. También coloco los libros devueltos en las estanterías, por orden categórico y alfabético.

Hace un par de días ordenaba libros de cuentos en su sitio, no sin antes echar una ojeada a todos y cada uno de ellos antes de clasificarlos (manía bibliófila). Mi mirada cruza durante un instante por el lomo de un libro de cuentos de bolsillo. Su título: “Algunos niños, tres perros y más cosas”.

Cuando yo era pequeño, con cuatro o cinco años quizá, me dedicaba a leer los mismos cuentos una y otra vez, además de los seis o siete libros de “El barco de vapor” o “Austral juvenil” que había en casa. Como me los había terminado mil veces, mi madre realizaba el esfuerzo económico de comprar uno o dos a la semana (parece poco pero éramos una familia de facturas pagadas in extremis y con mucho esfuerzo), ya que imagino le sabría mal ver al pequeñajo releyendo una y otra vez los mismos relatos y llamando su atención para hacerle ver un nuevo detalle encontrado en las ilustraciones, las cuales mostraban dragones volando o monstruos danzarines. Uno de mis libros favoritos y que aún conservo fue “Datrebil: 7 cuentos y un espejo”. Datrebil, que es “Libertad” al revés era un compendio delirante de cuentos ilustrados que me fascinaban a la par que daban bastante miedo. En uno de ellos un matrimonio viajaba en coche y se iba encontrando escenas de su pasado representadas en los márgenes de la carretera. En otro un perro se enamoraba de una luna monstruosa hasta que conseguía llegar hasta ella mediante una escalera kilométrica que construía. Otro, llamado “Garambainas”, representaba escenas surrealistas… El más bonito, “Datrebil”, estaba escrito al revés, con todo el texto invertido y venía con una lámina de espejo que se podía colocar en la página de al lado para poder leerlo al derecho. Me resultaba magia. “Datrebil: 7 cuentos y un espejo” tenía en sus últimas páginas publicidad acerca de otros libros de cuentos de la misma colección. Me llamó mucho la atención “Algunos niños, tres perros y más cosas”. La sinopsis me hablaba de niños aventureros que jugaban a ser piratas, acompañados por sus perros, en busca de aventuras. ¿Qué podía ser más divertido? Recuerdo la ilusión enorme que me hacía que ese fuese el siguiente libro que me trajera mi madre.

Pasaban los meses y nunca llegaba. En mi inocencia no sabía que en el mundo hay millones de libros de cuentos y que era más bien difícil que justo ese apareciera en casa algún día. Recuerdo que pregunté por él. Con mucha timidez le enseñaba las páginas de publicidad en “Datrebil” a mi madre y le explicaba lo divertido que seguro tenía que ser “Algunos niños, tres perros y más cosas”. Creo que no supe hacerme entender bien, aunque mi pobre madre bastantes problemas y tristezas tenía en su día a día como para haber prestado atención a eso. Lo único que no me faltó en mi infancia fueron libros, y aunque este volumen de cuentos nunca llegó, en cuanto crecí un poco más y alcancé el universo de las novelas, lo olvidé.

Estaba solo en la biblioteca cuando lo vi. Durante diez minutos permanecí de pie, explorándolo, pasando las páginas al tiempo que leía fragmentos y me detenía en las ilustraciones. Cuando lo volví a dejar en su sitio, a cámara lenta, la biblioteca, el instituto, los quehaceres diarios y las responsabilidades del trabajo, que durante un rato se habían alejado a otra galaxia, volvieron a materializarse poco a poco.

Una de las cosas por las que estoy más agradecido a mi madre es por aquel esfuerzo de traerme más cuentos y de leerlos conmigo, de escuchar mis explicaciones acerca de las aventuras que acababa de vivir o de los dibujos que las acompañaban. Mis teorías sobre el destino de los personajes más allá del final de los cuentos. Es una proeza que estuviera atenta a estas cosas, porque a pesar de la vida que llevó y las desgracias instaladas en nuestro día a día (de las que no me veo con ánimo para hablar), sacó fuerzas para permitirme ahondar en el universo de los cuentos. Lo poco bueno que pueda haber en mí proviene de aquella consideración.

Mi madre murió hace varios años. Últimamente he pensado mucho en ella porque sé que hubiera estado orgullosa de que al menos durante una etapa de mi vida esté trabajando como profesor, ella que se licenció en magisterio pero nunca pudo ejercer.

Cuando “Algunos niños, tres perros y más cosas” apareció ante mí, tuve la impresión de que mi madre hubiese pasado a saludarme, dejando una señal inequívoca para que no quedaran dudas. Quizá ahora ya sabe cuanta ilusión me hacía encontrarme con esos cuentos y por fin me los ha traído. Al final, durante aquella hora en la biblioteca no estuve solo.

Buñuelos de viento

Esta mañana entro en una cafetería, justo cuando la lluvia comienza a arreciar. Pido un café con leche y unas tostadas y leo tranquilamente mientras aguardo el desayuno. Un matrimonio de personas muy mayores ocupan la mesa de al lado. Están terminando sus cafés y escuchando el ruido de la lluvia. A la señora se le ilumina el rostro y pronuncia en voz alta «¡Buñuelos!», tras lo cual se dirige al mostrador corriendo. 

Vuelve con únicamente un par de buñuelos en una bolsita. Le da uno a su marido y comienza ella a mordisquear el suyo, con aire de culpabilidad. Su marido, vencido por la curiosidad, tiene que preguntar:

– ¿Por qué solo dos buñuelos?- Este señor tendrá unos setenta años. Suena como un niño de cuatro.

– ¡Sesenta céntimos por cada buñuelo! ¡No se van a hacer ricos a mi costa!

El anciano deja el último pedacito en el plato. Limpia sus gafas con un papel que saca del bolsillo de la chaqueta. Justo antes de retomar el último bocado, su mujer le dice:

– Saboréalo, que no voy a comprar más.

Se come el último trozo y suspira «Ay…».

Luego seguimos oyendo la lluvia.

Amigos no imaginarios

Hace treinta años yo tenía tres. Todas las mañanas jugaba con plastilina y escuchaba cuentos en el jardín de infancia, una sala que recuerdo inmensa, toda de madera con una gigantesca pizarra llena de letras. Corría y saltaba por un patio de tierra cuando nos dejaban salir a jugar. Tengo un recuerdo muy vívido de cada mañana: tras comer un almuercito que llevaba en un estuche rojo grande, salía a ese patio de la mano de dos niños tan pequeños como yo. Una se llamaba Cristina; siempre sonreía, de pelo largo y rizado, con un vestido rojo de lunares blancos. Del otro amigo no recuerdo el nombre, pero sí que era el más pequeño de los tres, de una fragilidad rara y entrañable. Siempre tropezaba, así que Cristina y yo lo cogíamos con nuestras diminutas manos y lo ayudábamos a levantarse. Lloraba, pero se le pasaba enseguida. Movíamos unas piedras pequeñas que representaban coches y monstruos. Cristina hacía muecas y nos partíamos de risa. Recuerdo su cara de felicidad al tener un público tan abnegado. Nos portábamos muy bien, no recuerdo que nunca nos riñeran. No sé donde estarán, a veces pienso en ellos. Igual que yo, hace treinta años tenían tres. ¿Alguno de ellos nos recordará? Hace tanto tiempo y éramos tan pequeños que a veces he llegado a pensar que fue una amistad soñada. De ser así serían amigos imaginarios. Luego recuerdo al niño frágil diciendo “soy un avión” o algo parecido y las muecas de Cristina y tengo la seguridad de que existieron, si bien no puedo estar seguro de que me recuerden. Son mis amigos no imaginarios, que existieron en un pasado tan remoto que parece un cuento.

Madrugada de diciembre

Conforme escribo esto escucho a una mujer mayor llorando en el piso de arriba. Lleva más de media hora y por la experiencia de pasados días, pasará la medianoche, llegará la 1 o 2 de la madrugada y seguirá llorando. Nunca he escuchado signos de violencia, tampoco gritos, como mucho alguna discusión y parece más bien el intento hosco de alguien de su familia para pedirle que se calle. Es una sucesión continua de llanto, frases que no puedo entender, dichas más para sí misma que para otra persona, y vuelta de nuevo a llorar, desconsolada, de una forma tan lastimera, por la insistencia y el tono de los lamentos que me dan ganas de llorar a mí también, de tanto escuchar a esta pobre mujer. No sé lo que le pasa, sé que en su domicilio violencia física o estruendos no hay, ya los hubiera escuchado, ni discusiones fuertes… Solo ella llorando noche tras noche.

Hace unos días escuché que lloraba. Al cabo de un rato vi una peli en el ordenador. Cuando terminó, me di cuenta al poco tiempo de que la mujer seguía llorando. Había estado durante toda la duración de la película profiriendo esas frases que dice cada dos por tres, una tras otra, seguidas de accesos de llanto.

Al parecer llega un momento en que el agotamiento hace que pare o se duerma. A mí no me genera una molestia, me la generaría si fuera un ruido mecánico de algún aparato electrónico cuyo sonido atravesara mis paredes, pero escuchar a esta señora llorar de esa forma lo único que me genera es una lástima infinita.