Pasé el martes pensando que era jueves

El autor rodeado de libros

intuye un significado mágico en sus palabras.

Una iluminación tenue y casi falsa

que aporta el deseo de significados distintos.

Escucho murmullos de personas normales,

hablando de problemas que yo no podría tener.

Es el pasar estruendoso de un río que no conozco, y observo

el esfuerzo de aquél que deambula por la calle, me mira

y cree reconocer en mí a alguien. La inocencia,

de otro que compra un pan para su merienda,

o mira desde el balcón los corrillos alegres de los perros en la calle.

Cruzo con ojos cerrados sin entender el sentido del tráfico.

Absorto, escucho los días y los clasifico

escondido a plena vista.

Pasé el martes pensando que era jueves,

cambié el lunes por sábado.

Hoy ha llovido y lloverá también mañana.

Pequeño océano de detalles.

 

Con los ojos cerrados

Con los ojos cerrados,

se escucha música en la estática. Me muevo

echándote de menos. En una casa vacía,

preparo una taza de café.

Como los antiguos fanáticos

creían en Dios, creo haber visto a tu gato

en el alféizar de la ventana.

Tratando de pensar en otras cosas,

la tarde se dobla en pliegues de papel inmensos.

Un acto cotidiano se transforma en inútil ejercicio

de memoria, que duele detrás de mis ojos,

entre los huesos, en cada dedo.

De vuelta a mi habitación

podría desandar mis pasos,

fingir que es el mismo momento,

que es tu mano la que me ofrece

y tu risa llena cada estancia.

 

Pájaros tontos

Siempre se filtra un rayo de sol,

aunque nadie lo mire. Entre tanta ruina,

ilumina la piedra rota.

Parece picoteada por pájaros carpinteros tontos,

que siguen equivocándose.

Si los tiempos difíciles al menos fueran felices,

nuestros pasos podrían volver a encontrarse.

A veces con el rayo de luz llega aire

liberado de un yacimiento antiguo; los pájaros tontos

contienen el aliento:

un monstruo saldrá de la cueva.

Nada emerge y hay silencio.

Los tiempos no son difíciles ni felices.

No admiten etiquetas.

Nuestros pasos no volverán a encontrarse.

Espera

Qué difícil

dar cualquier paso.

Vivir sin brújula.

Encontrar los mismos lugares

transitando caminos distintos.

Parece que duela el cuerpo y el espíritu

a partes iguales, con miedos que afectan a ambos.

Son los mismos árboles,

el mismo aire,

y un círculo de madera, piedras y hojas

donde debiera haber un sendero claro.

En lugares donde habitaban nuestras voluntades,

donde levitaban ilusiones

reposan opiniones y recuerdos tristes:

antes repletos de significado,

ahora vacíos. Esperan a la siguiente época,

un nuevo comienzo, otra mirada…

Años de espera.

Descubrir

He descubierto

letras y rincones donde habitan huellas;

lugares de paso en los que alguna señal aún no borrada perdura.

Brillan hondonadas repletas de nieve y ramas.

Entre encrucijadas, mirando el cielo,

en la morada de los espíritus que las gobiernan,

entran en nuestro mundo sendas invisibles

repletas de posibilidades.

Los recuerdos se transforman en las horas diurnas.

El triunfo de los esotéricos: vivencias en nostalgia.

En la quietud de la noche, la verdad de los alquimistas:

nostalgia en sueño.

Teoría de la impregnación

En los lugares en los que se ha querido mucho

o se ha sufrido demasiado

quedan aisladas las vivencias.

Entre sus paredes permanecen abrazos que no han cesado,

gritos, golpes, injusticias.

Hay sensaciones como momentos divertidos y risas que flotan en el aire

desde hace cien años.

Entre el alféizar de la ventana y las puertas de los armarios,

duermen discusiones y juegos.

Estos lugares suelen dar miedo

por lo cotidiana de su naturaleza,

lo humano de su entorno.

Hay personas con agujas en los dedos, que los deslizan

por los surcos de sus muros y hacen brotar la música.

Yo crecí en uno de esos lugares

y todas esas canciones raras me las he llevado conmigo.

Transistor fantasma

Tengo cuentas pendientes.

La más nimia con un hombre cuya cara se me ha olvidado.

Otra, casi un capricho, con quien pasó por mi vida a toda prisa.

Una más grave tiene que ver con sabios muertos hace siglos,

el número exacto de estrellas en el firmamento

y una biblioteca que se quemó.

(Esta daría para un par de cuentos).

Las peores no debo dejarlas por escrito.

Sé que nunca serán saldadas.

Sin haber prescrito, quedarán impunes,

ostentando la categoría de crímenes de guerra.

Lo llaman los expertos lesa humanidad.

Esa música sigue. No puedo acallarla.

Como un transistor a todo volumen, sin posibilidad de armisticio.

Contemplo con pena:

el interruptor es mi vida misma.