Teoría de la impregnación

En los lugares en los que se ha querido mucho

o se ha sufrido demasiado

quedan aisladas las vivencias.

Entre sus paredes permanecen abrazos que no han cesado,

gritos, golpes, injusticias.

Hay sensaciones como momentos divertidos y risas que flotan en el aire

desde hace cien años.

Entre el alféizar de la ventana y las puertas de los armarios,

duermen discusiones y juegos.

Estos lugares suelen dar miedo

por lo cotidiana de su naturaleza,

lo humano de su entorno.

Hay personas con agujas en los dedos, que los deslizan

por los surcos de sus muros y hacen brotar la música.

Yo crecí en uno de esos lugares

y todas esas canciones raras me las he llevado conmigo.

Transistor fantasma

Tengo cuentas pendientes.

La más nimia con un hombre cuya cara se me ha olvidado.

Otra, casi un capricho, con quien pasó por mi vida a toda prisa.

Una más grave tiene que ver con sabios muertos hace siglos,

el número exacto de estrellas en el firmamento

y una biblioteca que se quemó.

(Esta daría para un par de cuentos).

Las peores no debo dejarlas por escrito.

Sé que nunca serán saldadas.

Sin haber prescrito, quedarán impunes,

ostentando la categoría de crímenes de guerra.

Lo llaman los expertos lesa humanidad.

Esa música sigue. No puedo acallarla.

Como un transistor a todo volumen, sin posibilidad de armisticio.

Contemplo con pena:

el interruptor es mi vida misma.

El balcón en invierno

Una de las cosas que me resultan difíciles al escribir es narrar con precisión los sueños, de manera que el lector tenga interés por un pasaje que solo está en la mente del personaje, que es puro simbolismo y que puede parecer un recurso fácil para indagar en su pasado. No soy muy amigo de la narración extensa de sueños en literatura. Sin embargo, acabo de leer esta novela que os presento con la sensación de estar leyendo un sueño prolongado, sabiendo que todo lo que el autor nos cuenta es cierto, pero al mismo tiempo con la increíble sensación de sumergirme en una mezcla de recuerdos, nostalgia e impresiones que pertenecen a un pasado tan remoto, tanto para el autor como para nuestra forma de vivir, que todo parece un gigantesco relato mítico, de realidades que sucedieron hace unos años y ya parece que se pierdan en la noche de los tiempos.

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Luis Landero

«El balcón en invierno» es una colección de recuerdos del autor de una viveza extraordinaria, sin la pretensión de formar una autobiografía extensa, ni de ordenar lo que sucedió primero antes de lo que sucedió después, ni mucho menos de contar lo que el lector podría pensar que fueron los pasajes más importantes de la vida del autor. Luis Landero no cuenta bodas por todo lo alto o nacimientos, pero sí el momento en que una pariente pobre regala una naranja a cada uno de los niños que van a visitarla, momento en que sabe que está recibiendo uno de los presentes con más sentimiento y auténticos que recibirá en su vida, viniendo de una persona muy pobre que apenas tiene para sobrevivir. Tampoco nos cuenta las grandes alegrías que debió llevarse con el éxito de sus novelas a lo largo de los años, sino que se centra en las historias de su abuela junto al fuego, las excentricidades de su primo inventor o las sensaciones que le producía el sonido de los pasos y el bastón de su padre. Nos habla de cómo le cambió la vida un determinado libro y, en lugar de narrarnos todos los pormenores de un amor de juventud, como leeríamos en cualquier otra autobiografía, nos explica cómo era un profesor que le fue iniciando en el canon literario y su alegría tras localizarlo veinte años después.

Luis Landero nos sumerge en los momentos más auténticos de una vida, que no son los que nosotros esperamos, sino los que marcaron la infancia del autor. Con un léxico exquisito, lleno de palabras que ya se han perdido, lugares que pocos recuerdan y un modo de vivir del campo y sus costumbres, que tristemente ya pertenecen a un pasado que nos resulta mucho más remoto de lo que en realidad es, «El balcón en invierno» sobrecoge por su belleza sencilla, su veracidad sin ínfulas, su maestría en el narrar lo cotidiano. Una de las mejores novelas escritas en lengua castellana que he tenido el placer de leer.

 

Libros

En el agujero de mi zapato

cabe galaxia y media.

Hay una bandeja de verduras en la nevera.

Dará para tres cenas si hay suerte.

Al salir a la calle decido: café o billete de autobús.

(Los dos no puede ser).

Este paquete de arroz vale menos de un euro.

Imagino las estructuras de mi ciudad

desnudas; las vigas de seis toneladas apuntando al cielo,

como si hubiesen vuelto a caer las bombas.

Camino despacio porque he elegido café.

Ayer soñé que la puerta de la alacena se abría sola

y se iba volando una lata de berberechos.

Tenía unas alas pequeñas como las del casco de Astérix.

Llueve,

pero no compraría un paraguas ni aunque fuese rico.

Un niño ha dicho algo a un perro en un idioma incomprensible.

Mi abrigo tiene diez años

y recuerda a más gente de la que recuerdo yo.

De lejos se oye cantar a alguien.

Hoy me he gastado el dinero en libros.

Buhardillas secretas

Hace mucho tiempo que no escribo.

Las palabras esperan escondidas

a tener forma.

Parecen espíritus que se desvanecen si son vistos de frente.

Seres que pueden ser intuidos.

En buhardillas secretas,

arracimadas, duermen la descripción

de un juego complicado, el sabor

de una tarta de chocolate, una conversación

con dos amigos que no he vuelto a ver.

En su escondite no existe el tiempo,

las palabras bailan

en raras combinaciones y dan

sentidos nuevos

a recuerdos viejos.

Bajo la ventana inclinada, las olas del mar en invierno.

Sentadas a la mesa, en reunión perfecta,

la despedida a una mascota,

un libro de cuentos antes de dormir,

el comienzo de una lluvia inesperada al salir del colegio.

Los pasos de las letras crean dibujos en el suelo de madera.

Siluetas y sombras en las paredes,

forman otras frases.

Las mismas palabras en distintas escenas.

En el sillón un columpio que se veía desde mi habitación.

Sobre la lámpara,

noches de otros años.

En buhardillas secretas, se muestran en sueños.

Hace treinta años. Hace unos minutos.

Prohibido llamar a la puerta.

Hace mucho tiempo que no escribo

y han salido las estrellas.

Pienso en esto, sentado

en una silla que hay fuera.

Minuto de silencio

Cuando yo muera,

guirnaldas de colores. Dibujos sin sentido

pintados en la acera.

Un batiburrillo de conversaciones.

Dispónganse los invitados en orden cronológico de penas.

Aquel que traiga cestas con recuerdos colóquelas donde se vean.

No valdrá decir mentiras. Sí exagerar un poco

y podrán dibujar sus monstruos y lugares favoritos.

Se contarán relatos viejos, al anochecer canciones

(luego algunos amigos quedarán en silencio un rato).

Tienen permiso para olvidar lo que quieran, bailar,

improvisar un cuento, echarse una siesta…

Cuando yo muera,

guirnaldas de colores. Dibujos sin sentido

pintados en la acera.

Quiéranse y hablen de cosas divertidas.

Pero al marcharse dejen el lugar escondido,

que pueda ser encontrado por instinto. Que al pasar por allí,

nadie se sienta solo.

Ni siquiera el muerto.

Amigos no imaginarios

Hace treinta años yo tenía tres. Todas las mañanas jugaba con plastilina y escuchaba cuentos en el jardín de infancia, una sala que recuerdo inmensa, toda de madera con una gigantesca pizarra llena de letras. Corría y saltaba por un patio de tierra cuando nos dejaban salir a jugar. Tengo un recuerdo muy vívido de cada mañana: tras comer un almuercito que llevaba en un estuche rojo grande, salía a ese patio de la mano de dos niños tan pequeños como yo. Una se llamaba Cristina; siempre sonreía, de pelo largo y rizado, con un vestido rojo de lunares blancos. Del otro amigo no recuerdo el nombre, pero sí que era el más pequeño de los tres, de una fragilidad rara y entrañable. Siempre tropezaba, así que Cristina y yo lo cogíamos con nuestras diminutas manos y lo ayudábamos a levantarse. Lloraba, pero se le pasaba enseguida. Movíamos unas piedras pequeñas que representaban coches y monstruos. Cristina hacía muecas y nos partíamos de risa. Recuerdo su cara de felicidad al tener un público tan abnegado. Nos portábamos muy bien, no recuerdo que nunca nos riñeran. No sé donde estarán, a veces pienso en ellos. Igual que yo, hace treinta años tenían tres. ¿Alguno de ellos nos recordará? Hace tanto tiempo y éramos tan pequeños que a veces he llegado a pensar que fue una amistad soñada. De ser así serían amigos imaginarios. Luego recuerdo al niño frágil diciendo “soy un avión” o algo parecido y las muecas de Cristina y tengo la seguridad de que existieron, si bien no puedo estar seguro de que me recuerden. Son mis amigos no imaginarios, que existieron en un pasado tan remoto que parece un cuento.

Palabra y tarea

Eras casi de papel. Casi de piedra.

Eras huellas dactilares, sonrisa con forma de palabra o de tarea.

En orden cronológico, en sucesión confusa, eras.

Caminabas con prisa y tus pasos

eran recorrido de imágenes e ideas.

Te recuerdo a veces,

durante un instante eres

como un poema.

Casas encantadas

No te deseo ser como yo.
Tengo tendencia a perder a mis personas favoritas.
Sólo tengo sentido de la orientación metafórica
y escribo lo que no puedo decir en voz alta.
Olvido. Luego recuerdo durante poco tiempo.
Me hacen feliz cosas pequeñas, casi nimias. Me pierdo en las cosas importantes.
Me dan miedo mi infancia y la gente que grita.
A veces permanezco fuera de la realidad durante horas. A veces durante años.
Colecciono libros y los leo.
Una vez encontré un muñequito en la calle.
Era idéntico a uno que me regaló mi madre cuando era pequeño. (Uno que había perdido hacía mucho).
A veces pienso antes de hablar. No me ha servido de nada.
Doy vueltas y revueltas
y tengo todos los calcetines desparejados.
Por lo demás, doy buena conversación con una cerveza delante
y hoy he ido al cine.
No me parezco a nadie.
No seas como yo, pero si lo fueras
te encantarán los libros acerca de casas encantadas.

Otro capítulo

Esta noche es dolor encerrado en otro capítulo

de formas grotescas. Tan familiar que podría saludarlo por su nombre.

Preguntar qué tal le ha ido el día, si tiene algo que contar que se merezca dos o tres instantes nocturnos.

Esta noche y otras que tienen que venir. Dolor encerrado en otro capítulo,

que no permite leer, hablar, pensar en voz alta.

Y tengo que tocar mis hombros y bajar la cabeza como si se tratara de una reprimenda

de alguien que no conozco,

al que he ofendido

y no alcanzo a ver.