Pizarnik

Alejandra se suicidó

a los treinta y seis años.

Dejó póstumos unos versos ajenos:

En el centro puntual de la maraña,

Dios, la araña.

Las palabras del ciego quedan manuscritas,

revelan cómo Alejandra habitó la tela.

Escribió Cenizas o Cuarto solo,

y otros poemas invadidos de luz

o que proyectaban sombras muy largas.

Alejandra sintió serpiente, incendio,

soledad, día, rostro, música,

barcos esperando en el más allá.

Decía que no vivía en serio,

y yo creo que fue culpa de su infancia.

Envuelta en el anhelado fin de llegar a lo profundo,

se fue muy pronto,

llevando la araña en la palma de su mano.

Minuto de silencio

Cuando yo muera,

guirnaldas de colores. Dibujos sin sentido

pintados en la acera.

Un batiburrillo de conversaciones.

Dispónganse los invitados en orden cronológico de penas.

Aquel que traiga cestas con recuerdos colóquelas donde se vean.

No valdrá decir mentiras. Sí exagerar un poco

y podrán dibujar sus monstruos y lugares favoritos.

Se contarán relatos viejos, al anochecer canciones

(luego algunos amigos quedarán en silencio un rato).

Tienen permiso para olvidar lo que quieran, bailar,

improvisar un cuento, echarse una siesta…

Cuando yo muera,

guirnaldas de colores. Dibujos sin sentido

pintados en la acera.

Quiéranse y hablen de cosas divertidas.

Pero al marcharse dejen el lugar escondido,

que pueda ser encontrado por instinto. Que al pasar por allí,

nadie se sienta solo.

Ni siquiera el muerto.