Niños

Toda la vida me ha dado vergüenza contestar a la pregunta: “¿Y tú no vas a tener hijos?”. Cuando te vienen con esto, siempre a bocajarro, nace desde la absoluta confianza por parte del que pregunta de que vas a responder que estás esperando a la persona perfecta, que aún no has ahorrado lo suficiente para sentirte seguro, que en cuanto cumplas un determinado objetivo laboral tu pareja y tú no tardaréis en tener un hijo. Cualquier otra respuesta implica que la pregunta singular se multiplique en tres o cuatro preguntas adicionales, a cual más indiscreta o dañina.

Ya no me da vergüenza la respuesta, y es que a una determinada edad uno se cansa de echar balones fuera o contestar como se supone que debes. No me hace la más mínima ilusión tener hijos. Esto no fue siempre así, pero ya murió ese sentimiento. No quiero lanzar a esta existencia contaminada de avaricia y pesadumbre a otra pobre alma, dedicar dos décadas a sufrir y tratar por todos los medios que no tenga una infancia tan desgraciada como la mía, que no lo destrocen en la escuela y sea capaz de obtener un trabajo que le permita algo de dignidad y tranquilidad. No quiero ir a dormir todas las noches deseando que consiga lo máximo a lo que la mayoría podemos aspirar: ser felices con pequeñas cosas, con momentos muy fugaces que casi parece que no hayan existido según han pasado, o que no eran para tanto. Sobre todo, no vivir con el miedo de contagiar la tristeza o la soledad a ese ser querido que no existe y que prefiero que no vea cómo son los seres humanos.

Quizá no quiero que nadie vea las cosas que se están muriendo dentro de mí, y que hacen que me despierte tantas veces por la noche pensando: ¿Dónde estoy? Casi siempre pienso que estoy en otro lugar, que soy otra persona y que sueño algo que en realidad no existe.

Últimamente cuando me han hecho esta pregunta y he respondido que no me hace la más mínima ilusión tener hijos, la gente ha dejado de hacer la retahila de preguntas que seguían a mi sentimiento, y creo que es por la expresión que acompaña a mis palabras, más que por la frase en sí misma. Alguien se atrevió a preguntar: “¿Y no vas a estar muy solo?”. Un sencillo “sí” terminó la conversación.

Idiomas

Dentro de nada hará años de tu muerte

y las fechas señaladas serán un martes cualquiera.

Nacían tres caminos en la puerta de tu casa,

que expuestos al sol desaparecían con pena.

Tus ventanas reflejaban escenas muy antiguas,

desconocidas y llenas de nombres.

Me distraían del estruendo de las cosas al romperse.

Vivíamos en una estancia plena, casi transparente,

con relojes, botas, cuadros, bombillas y gatos.

Las cosas que tiene la gente corriente.

Todos te recuerdan a su manera;

yo te veo tan nítida,

sentada en un sofá viejo, con la tela hecha jirones,

hablándome de tus viajes

en idiomas que quiero aprender.

Nuestros nombres

Desaparecen piezas de mí, pequeñas.

Alguien está diciendo mi nombre en voz alta.

Años antes de mi nacimiento,

años después de mi muerte.

Mi nombre resuena en cristal, madera y roca,

se mezcla en el agua y deja de existir.

Alguien está recordando días que no voy a ver.

Hay pájaros volando por el cielo y seres ciegos bajo la tierra,

mientras escribo esperando entre los relojes fríos.

Se están mezclando días y años sin que pueda distinguirlos.

Con cierta curiosidad,

alguien está diciendo nuestros nombres en voz alta,

porque ha encontrado una fotografía vieja

donde salimos tú y yo, sin apenas conocernos.

Se deshace el papel y su voz en el aire

y por fin mi nombre se pierde.

Queda tu nombre en el aire un segundo

y se desvanece.

Pizarnik

Alejandra se suicidó

a los treinta y seis años.

Dejó póstumos unos versos ajenos:

En el centro puntual de la maraña,

Dios, la araña.

Las palabras del ciego quedan manuscritas,

revelan cómo Alejandra habitó la tela.

Escribió Cenizas o Cuarto solo,

y otros poemas invadidos de luz

o que proyectaban sombras muy largas.

Alejandra sintió serpiente, incendio,

soledad, día, rostro, música,

barcos esperando en el más allá.

Decía que no vivía en serio,

y yo creo que fue culpa de su infancia.

Envuelta en el anhelado fin de llegar a lo profundo,

se fue muy pronto,

llevando la araña en la palma de su mano.

Buenas noches

Buenas noches

a aquellos que vivís con un espíritu guía volando sobre vosotros,

a los que nunca han conocido a nadie

y a los que encontraron la meta demasiado pronto.

Buenas noches y madrugadas

a los constructores de laberintos y a los atrapados en ellos;

fuentes y flores extrañas señalan el camino.

Las noches son frías

para los que se arrepienten y mueren.

Buenas noches,

a aquellos que han descubierto los puntos cardinales,

las medidas exactas de las cosas, su peso y esencia,

y a los que cuentan la misma historia con distinto final.

Buenas noches y madrugadas,

a los desmemoriados, los extraños en casa, los brujos,

los dueños de la conversación cotidiana,

a los gatos y perros callejeros,  a los pájaros en las ramas,

a los que no volveremos a ver

y a los que no dormirán hoy.

Buenas noches a ti y a los colores de otro mundo que te envuelven.

Descansad los consumidos por el odio:

soñad con momentos de paz.

 

 

Hombres sin rostro

Ahora es posible escribirlo, pronunciarlo: nadie me conoce.

Sumergido a tal profundidad,

colgado de hilos transparentes.

Los días claros son limpios y reflejan un futuro

contado en prosa.

Los días oscuros, de lluvia, se empañan

y cargan el aire de un pasado remoto.

Por fin es posible decirlo en voz alta:

nadie me conoce.

Como la gente que mira una película con las manos

tapando parcialmente sus ojos,

queda el quehacer de cada día, vislumbrar el presente.

Miramos las paredes, nuestros brazos,

las piedras y los animales,

son restos de la misma tarea,

querer y volver a querer.

Con libertad hoy puedo decirlo: nadie me conoce.

Moraban los hombres sin rostro

un mundo entero que fue mío,

cuando no sabía leer ni escribir.

Si hoy pudiera verles, me hablarían sin voz:

demasiado tarde.

Pasé el martes pensando que era jueves

El autor rodeado de libros

intuye un significado mágico en sus palabras.

Una iluminación tenue y casi falsa

que aporta el deseo de significados distintos.

Escucho murmullos de personas normales,

hablando de problemas que yo no podría tener.

Es el pasar estruendoso de un río que no conozco, y observo

el esfuerzo de aquél que deambula por la calle, me mira

y cree reconocer en mí a alguien. La inocencia,

de otro que compra un pan para su merienda,

o mira desde el balcón los corrillos alegres de los perros en la calle.

Cruzo con ojos cerrados sin entender el sentido del tráfico.

Absorto, escucho los días y los clasifico

escondido a plena vista.

Pasé el martes pensando que era jueves,

cambié el lunes por sábado.

Hoy ha llovido y lloverá también mañana.

Pequeño océano de detalles.