Niños

Toda la vida me ha dado vergüenza contestar a la pregunta: “¿Y tú no vas a tener hijos?”. Cuando te vienen con esto, siempre a bocajarro, nace desde la absoluta confianza por parte del que pregunta de que vas a responder que estás esperando a la persona perfecta, que aún no has ahorrado lo suficiente para sentirte seguro, que en cuanto cumplas un determinado objetivo laboral tu pareja y tú no tardaréis en tener un hijo. Cualquier otra respuesta implica que la pregunta singular se multiplique en tres o cuatro preguntas adicionales, a cual más indiscreta o dañina.

Ya no me da vergüenza la respuesta, y es que a una determinada edad uno se cansa de echar balones fuera o contestar como se supone que debes. No me hace la más mínima ilusión tener hijos. Esto no fue siempre así, pero ya murió ese sentimiento. No quiero lanzar a esta existencia contaminada de avaricia y pesadumbre a otra pobre alma, dedicar dos décadas a sufrir y tratar por todos los medios que no tenga una infancia tan desgraciada como la mía, que no lo destrocen en la escuela y sea capaz de obtener un trabajo que le permita algo de dignidad y tranquilidad. No quiero ir a dormir todas las noches deseando que consiga lo máximo a lo que la mayoría podemos aspirar: ser felices con pequeñas cosas, con momentos muy fugaces que casi parece que no hayan existido según han pasado, o que no eran para tanto. Sobre todo, no vivir con el miedo de contagiar la tristeza o la soledad a ese ser querido que no existe y que prefiero que no vea cómo son los seres humanos.

Quizá no quiero que nadie vea las cosas que se están muriendo dentro de mí, y que hacen que me despierte tantas veces por la noche pensando: ¿Dónde estoy? Casi siempre pienso que estoy en otro lugar, que soy otra persona y que sueño algo que en realidad no existe.

Últimamente cuando me han hecho esta pregunta y he respondido que no me hace la más mínima ilusión tener hijos, la gente ha dejado de hacer la retahila de preguntas que seguían a mi sentimiento, y creo que es por la expresión que acompaña a mis palabras, más que por la frase en sí misma. Alguien se atrevió a preguntar: “¿Y no vas a estar muy solo?”. Un sencillo “sí” terminó la conversación.