Buenas noches

Buenas noches

a aquellos que vivís con un espíritu guía volando sobre vosotros,

a los que nunca han conocido a nadie

y a los que encontraron la meta demasiado pronto.

Buenas noches y madrugadas

a los constructores de laberintos y a los atrapados en ellos;

fuentes y flores extrañas señalan el camino.

Las noches son frías

para los que se arrepienten y mueren.

Buenas noches,

a aquellos que han descubierto los puntos cardinales,

las medidas exactas de las cosas, su peso y esencia,

y a los que cuentan la misma historia con distinto final.

Buenas noches y madrugadas,

a los desmemoriados, los extraños en casa, los brujos,

los dueños de la conversación cotidiana,

a los gatos y perros callejeros,  a los pájaros en las ramas,

a los que no volveremos a ver

y a los que no dormirán hoy.

Buenas noches a ti y a los colores de otro mundo que te envuelven.

Descansad los consumidos por el odio:

soñad con momentos de paz.

 

 

Hombres sin rostro

Ahora es posible escribirlo, pronunciarlo: nadie me conoce.

Sumergido a tal profundidad,

colgado de hilos transparentes.

Los días claros son limpios y reflejan un futuro

contado en prosa.

Los días oscuros, de lluvia, se empañan

y cargan el aire de un pasado remoto.

Por fin es posible decirlo en voz alta:

nadie me conoce.

Como la gente que mira una película con las manos

tapando parcialmente sus ojos,

queda el quehacer de cada día, vislumbrar el presente.

Miramos las paredes, nuestros brazos,

las piedras y los animales,

son restos de la misma tarea,

querer y volver a querer.

Con libertad hoy puedo decirlo: nadie me conoce.

Moraban los hombres sin rostro

un mundo entero que fue mío,

cuando no sabía leer ni escribir.

Si hoy pudiera verles, me hablarían sin voz:

demasiado tarde.

Algunos niños, tres perros y más cosas

Desde hace poco trabajo como profe de secundaria. Uno de mis cometidos dentro del departamento de lengua castellana y literatura es el de pasar un par de horas de la semana ejerciendo de bibliotecario (otra profesión con la que me habría encantado vivir), realizando los préstamos y devoluciones de los alumnos y cuidando que los que están estudiando no sean molestados por aquellos que vienen a pasar el rato entre clase y clase. También coloco los libros devueltos en las estanterías, por orden categórico y alfabético.

Hace un par de días ordenaba libros de cuentos en su sitio, no sin antes echar una ojeada a todos y cada uno de ellos antes de clasificarlos (manía bibliófila). Mi mirada cruza durante un instante por el lomo de un libro de cuentos de bolsillo. Su título: “Algunos niños, tres perros y más cosas”.

Cuando yo era pequeño, con cuatro o cinco años quizá, me dedicaba a leer los mismos cuentos una y otra vez, además de los seis o siete libros de “El barco de vapor” o “Austral juvenil” que había en casa. Como me los había terminado mil veces, mi madre realizaba el esfuerzo económico de comprar uno o dos a la semana (parece poco pero éramos una familia de facturas pagadas in extremis y con mucho esfuerzo), ya que imagino le sabría mal ver al pequeñajo releyendo una y otra vez los mismos relatos y llamando su atención para hacerle ver un nuevo detalle encontrado en las ilustraciones, las cuales mostraban dragones volando o monstruos danzarines. Uno de mis libros favoritos y que aún conservo fue “Datrebil: 7 cuentos y un espejo”. Datrebil, que es “Libertad” al revés era un compendio delirante de cuentos ilustrados que me fascinaban a la par que daban bastante miedo. En uno de ellos un matrimonio viajaba en coche y se iba encontrando escenas de su pasado representadas en los márgenes de la carretera. En otro un perro se enamoraba de una luna monstruosa hasta que conseguía llegar hasta ella mediante una escalera kilométrica que construía. Otro, llamado “Garambainas”, representaba escenas surrealistas… El más bonito, “Datrebil”, estaba escrito al revés, con todo el texto invertido y venía con una lámina de espejo que se podía colocar en la página de al lado para poder leerlo al derecho. Me resultaba magia. “Datrebil: 7 cuentos y un espejo” tenía en sus últimas páginas publicidad acerca de otros libros de cuentos de la misma colección. Me llamó mucho la atención “Algunos niños, tres perros y más cosas”. La sinopsis me hablaba de niños aventureros que jugaban a ser piratas, acompañados por sus perros, en busca de aventuras. ¿Qué podía ser más divertido? Recuerdo la ilusión enorme que me hacía que ese fuese el siguiente libro que me trajera mi madre.

Pasaban los meses y nunca llegaba. En mi inocencia no sabía que en el mundo hay millones de libros de cuentos y que era más bien difícil que justo ese apareciera en casa algún día. Recuerdo que pregunté por él. Con mucha timidez le enseñaba las páginas de publicidad en “Datrebil” a mi madre y le explicaba lo divertido que seguro tenía que ser “Algunos niños, tres perros y más cosas”. Creo que no supe hacerme entender bien, aunque mi pobre madre bastantes problemas y tristezas tenía en su día a día como para haber prestado atención a eso. Lo único que no me faltó en mi infancia fueron libros, y aunque este volumen de cuentos nunca llegó, en cuanto crecí un poco más y alcancé el universo de las novelas, lo olvidé.

Estaba solo en la biblioteca cuando lo vi. Durante diez minutos permanecí de pie, explorándolo, pasando las páginas al tiempo que leía fragmentos y me detenía en las ilustraciones. Cuando lo volví a dejar en su sitio, a cámara lenta, la biblioteca, el instituto, los quehaceres diarios y las responsabilidades del trabajo, que durante un rato se habían alejado a otra galaxia, volvieron a materializarse poco a poco.

Una de las cosas por las que estoy más agradecido a mi madre es por aquel esfuerzo de traerme más cuentos y de leerlos conmigo, de escuchar mis explicaciones acerca de las aventuras que acababa de vivir o de los dibujos que las acompañaban. Mis teorías sobre el destino de los personajes más allá del final de los cuentos. Es una proeza que estuviera atenta a estas cosas, porque a pesar de la vida que llevó y las desgracias instaladas en nuestro día a día (de las que no me veo con ánimo para hablar), sacó fuerzas para permitirme ahondar en el universo de los cuentos. Lo poco bueno que pueda haber en mí proviene de aquella consideración.

Mi madre murió hace varios años. Últimamente he pensado mucho en ella porque sé que hubiera estado orgullosa de que al menos durante una etapa de mi vida esté trabajando como profesor, ella que se licenció en magisterio pero nunca pudo ejercer.

Cuando “Algunos niños, tres perros y más cosas” apareció ante mí, tuve la impresión de que mi madre hubiese pasado a saludarme, dejando una señal inequívoca para que no quedaran dudas. Quizá ahora ya sabe cuanta ilusión me hacía encontrarme con esos cuentos y por fin me los ha traído. Al final, durante aquella hora en la biblioteca no estuve solo.